De Bali a Copenhague por Ricardo Lagos

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El cambio climático se ha convertido en un problema global sin parangón. La evidencia científica presentada por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) confirma que la actividad humana está modificando el clima. Las emisiones de gases de efecto invernadero están creciendo más rápido de lo previsto, entre otras cosas, debido al bienvenido crecimiento de los países en vías de desarrollo. Si verdaderamente queremos hacer frente al riesgo de considerables daños al planeta y a la amenaza al crecimiento sostenible, el desarrollo y la reducción de la pobreza que esta situación implica, tenemos unos pocos años para lograr el acuerdo fuerte y creíble respecto a las acciones que nos permitirán reducir dichas emisiones.

La Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC) que tendrá lugar en Copenhague a finales de 2009 jugará un papel decisivo en el diseño de un marco de trabajo post-Kioto. Según el Plan de Acción de Bali, los cuatro elementos esenciales de un acuerdo global, son mitigación, adaptación, tecnología y financiación. Pero éstos deberán estar sólidamente anclados en los principios clave de efectividad, eficiencia y equidad que permitirán, a su vez, el acuerdo sobre metas a nivel de emisiones, el papel de los países en desarrollo en materia de mitigación y comercio, un esquema internacional de comercio de emisiones, la financiación de la reducción de emisiones debidas a la deforestación, el desarrollo de tecnologías de bajo carbono y el apoyo a la adaptación (ver Elementos Clave para un Acuerdo Global en www.lse.ac.uk y el Marco de Trabajo para un Acuerdo sobre Cambio Climático Post 2012 y su Actualización 2008 en www.globalclimateaction.org). Por el momento centrémonos en los elementos de tecnología y financiación y su relación con el futuro acuerdo.

Es de vital importancia que las negociaciones acuerden un objetivo de estabilización sobre la existencia de concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera (normalmente, medidas en partes equivalentes de CO2 por millón). Sostenemos que para equilibrar los riesgos y costes globales proyectados la meta debe estar entre 450 ppmv CO2e y 500 ppmv CO2e. Una estabilización por debajo de 450 ppmv CO2 requeriría que las emisiones alcanzaran un máximo en los próximos años, con posteriores reducciones anuales de entre el 6% y el 10%. Aunque factible, esto sería muy caro. Una estabilización en 550 ppmv CO2 parecería ser, por otro lado, excesivamente arriesgada. En relación a los daños evitados, una meta de 500 ppmv CO2 sería alcanzable a un coste razonable. Sin embargo, el desafío de alcanzar un objetivo de 500 ppmv CO2 no se debería subestimar, ya que requeriría una reducción del 50% en las emisiones de gases de efecto invernadero sobre niveles del 1990 al 2050, de los 40 GTCO de ahora a 20 GTCO2e.


El reto de reducir significativamente las emisiones, manteniendo el crecimiento económico, requiere un cambio dramático en materia de las tecnologías. Los estudios indican que la estabilización se puede conseguir a través del despliegue de tecnologías existentes y próximas a ser comercializadas. Pero para que éstas sean plenamente difundidas, y paraque se produzcan otras innovaciones, habrá que superar tres fallas del mercado: el fracaso general de incorporar los costes de las emisiones de gases de efecto invernadero; los defectos del mercado que han restringido el despliegue de muchas tecnologías existentes a pesar de los crecientes precios de la energía, y los fallos de mercado específicos a las tecnologías en sí mismas como los rendimientos de innovaciones que benefician otros.

La inversión global en investigación y desarrollo en energía se mantiene muy por debajo de su nivel de 25 años atrás. Esto tiene que cambiar. A partir de la motivación de las fuerzas del mercado y la superación de sus imperfecciones, las políticas exitosas en materia de tecnología extenderán dramáticamente el mercado global para las tecnologías de bajo carbono y crearán la base para una nueva ola de sustitución de activos y crecimiento económico.

A corto plazo, son necesarias políticas para difundir la tecnología baja en carbono ya existente, en estos momentos sólo parcialmente presente en la economía global. A medio plazo, son necesarias políticas que desarrollen y amplíen las tecnologías próximas a ser comercializadas, tales como la captura y almacenamiento de carbono (CCS) y los distintos tipos de energía solar. Más allá de 2030, sólo se alcanzarán los necesarios recortes en las emisiones de carbono a través de cambios más radicales en la tecnología, como el abastecimiento energético con emisiones cercanas a cero. Todas éstas tienen un gran potencial, pero requerirán una inversión sustancial en I+D.


La hoja de ruta de Bali reconoció la necesidad de una inversión adecuada, previsible y sostenible, que incluyese fuentes nuevas y adicionales para la mitigación, la adaptación y la cooperación tecnológica. La financiación para la adaptación será medular para un acuerdo global que comprometa a los países desarrollados a ayudar a los países en vías de desarrollo a adaptarse al aumento global de las temperaturas. El cambio climático hará aún más costoso el logro efectivo y sostenible de los Objetivos de Desarrollo del Milenio más allá de 2015. Los costes adicionales de la adaptación al cambio climático varían y son altamente inciertos: la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, UNFCCC, trabaja con un rango de entre 28.000 y 67.000 millones de dólares por año hasta el 2030, mientras que las estimaciones del PNUD están en torno a los 86.000 millones de dólares hasta 2015. Aunque indefinidos, esos costes probablemente alcancen rápidamente una magnitud similar a la actual Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD).

El comercio internacional de emisiones también generaría fondos para una inversión en un desarrollo bajo en carbono. La escala de los eventuales flujos financieros privados podría ser sustancial. Por ejemplo, si los países desarrollados redujeran sus emisiones entre un 20% y un 40% sobre los niveles de 1990 para el 2020, y aunque sólo el 30% de esto se adquiriera en el marco de un esquema de comercio internacional de emisiones, con precios de entre $10-25/t CO2e (probablemente por debajo de lo necesario), esto generaría flujos de entre 20.000 y 70.000 millones de dólares al año. Estos recursos podrían lograrse por la vía de mecanismos existentes, como el mecanismo de desarrollo limpio (MDL) ampliado. Incluso con reducciones suaves, con el objetivo de estabilizar las emisiones de CO2 en torno a 550 ppmv, los flujos financieros de países desarrollados a países en desarrollo podrían alcanzar de 50.000 a 100.000 millones de dólares al año hacia 2030. A título informativo, la AOD total a países en vías de desarrollo fue de 100.000 millones de dólares en 2007.

Estamos más cerca de diciembre de 2009 de lo que pensamos y la movilización de la voluntad política es clave. Es el momento de acordar los principios, si queremos tener éxito en Copenhague y construir sobre la base de la hoja de ruta de Bali. La efectividad, la eficiencia y la equidad son parámetros claros que nos permitirán considerar cómo distintos elementos de un acuerdo global pueden ser efectivos a la hora de alcanzar un objetivo común dentro de un compromiso global.

Nace la televisión saharaui, la televisión de la resistencia

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CANAL SOLIDARIO

Después de muchos problemas y obstáculos y con ayuda internacional, el canal informará vía satélite y terrestre a los habitantes de los dos lados.

La televisión de la República Árabe Saharaui Democrática ha comenzado a emitir su programación y ha roto así simbólicamente el muro que separa a la población que vive en la RASD y la que vive en las "provincias meridionales" controladas por Marruecos.

El nuevo medio de comunicación emitirá desde Rabuni, en los campos de refugiados de Tindouf, en Argelia, y tendrá una programación de entre dos y cuatro horas diarias. La programación se basa por el momento en telenoticias, entrevistas cortas y reportajes históricos.

En árabe y en hassanía

Hace cinco años que se trabaja para que este proyecto haya podido ver por fin la luz. Desde el año pasado el canal emitía en pruebas pero "presiones políticas obligaron a rescindir el contrato con Hispasat", según explica Miguel Castro, vicepresidente de la Asociación Amistad con el Pueblo Saharaui de Sevilla en declaraciones al periódico Público.

La organización sevillana es una de las principal financiadoras de la televisión, cuya redacción está formada por saharauis. El material, de tipo analógico, ha sido donado por varias televisiones autonómicas del Estado.

Los contenidos son en árabe y en hassanía, para "contribuir a la sensibilización sobre la causa saharaui y desvelar las graves violaciones perpetradas por Marruecos en los territorios ocupados", ha explicado el portavoz de Información de la Frente Polisario, Mohamed Almamy Tamek.

Las emisiones, además de ser por vía terrestre cuatro horas al día, son por satélite dos horas diarias, para que los habitantes en el Sáhara ocupado puedan seguir la actualidad de los campamentos.

Religión, trabajo y sufrimiento por Ignacio Sotelo

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EL PAÍS

En la Antigüedad, el ciudadano libre desplegaba distintas actividades empresariales, sociales, políticas, culturales, pero en rigor no trabajaba. El condenado a trabajar era el esclavo; el ciudadano libre quedaba excluido, en primer lugar, porque hacer lo que mande otro supone una dependencia incompatible con el status libertatis. El ciudadano libre decide por sí mismo qué hace, cómo y cuándo, sin obedecer más que a la ley. Realiza actividades (ergon), en latín, opera, pero no trabaja (ponein), que además de un sometimiento a la voluntad de otro, conlleva un ponos, un esfuerzo doloroso. Que trabajar significa sufrir se trasluce también en el vocablo latino de labor, que viene de labare, desfallecer ante una carga.

Con el cristianismo el trabajo, vinculado al sufrimiento, adquiere una dimensión positiva. Por el pecado de desobediencia, Dios condenó a nuestros primeros padres "a ganar el pan con el sudor de la frente". Los padecimientos del Hijo de Dios, muerto en la cruz para redimir al género humano, sacraliza también el sufrimiento que el trabajo comporta. Cierto que el trabajo supone un esfuerzo doloroso, pero hemos venido a este mundo a sufrir, como Jesucristo padeció en la cruz por un amor infinito. "Aquí abajo, el dolor es la sal de nuestra vida". "Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!", leemos todavía en Camino.

En la segunda carta a los Tesalonicenses san Pablo escribe "el que no quiera trabajar que no coma. Pues bien, tenemos noticia de que algunos de vosotros viven ociosamente, sin otra preocupación que curiosearlo todo. De parte de Jesucristo, el Señor, les mandamos y exhortamos a que trabajen en paz y se ganen el pan que comen" (2 Tes, 3 10-13). El cristianismo, sin embargo, en la práctica ha reducido el deber de trabajar a los que no puedan alimentarse de otra forma.

Educar para el trabajo y el esfuerzo doloroso, con un control estricto de las pasiones y una recia disciplina en el comportamiento, elevando la obediencia a virtud, se opone a la educación que recibía el ciudadano, cuyo afán principal era aprender a convivir en libertad. El cristianismo, en cambio, al fin y al cabo religión de esclavos, Nietzsche dixit, rechaza vivir un ocio con sentido, curiosos de todo lo que pasa a su alrededor, con tiempo y ganas de cuestionarse a sí mismo y a los demás.


En la Edad Media, la perezase contará entre los pecados capitales. El monacato -ora et labora- divide la jornada con un horario estricto. No olvidemos que el monasterio inventa el reloj, como el instrumento que impone orden y disciplina a la cotidianidad. Las primeras formas de acumulación capitalista resultaron de una vida ascética, dedicada a la oración y al trabajo. Max Weber enlaza el surgir del "espíritu del capitalismo" al ascetismo intramundano del calvinismo y el puritanismo. Sin ningún género de duda el cristianismo ha contribuido de manera decisiva a la posición central que el trabajo ha ocupado en la sociedad capitalista moderna. La cuestión que hoy se plantea reza, ¿qué consecuencias sociales y religiosas tendrá el que el trabajo dependiente esté desapareciendo?

La revolución tecnológica de los últimos lustros -automatiza-ción y nuevas técnicas de comuni-cación- promociona una sociedad en la que el beneficio del capital depende cada vez menos del trabajo asalariado. El trabajador no ha conseguido, como pronosticó Marx, acabar con el capital, sino que ha sido el capital el que puede prescindir del trabajo. La civilización industrial demandaba una educación que ponía en un primer plano disciplina y obediencia, las dos virtudes del esclavo que tanto exaltó el cristianismo. Pero en un mundo en el que está desapareciendo el trabajo basado en el esfuerzo físico, directamente vinculado al sufrimiento, se va perdiendo la significación que estas dos cualidades tuvieron en el pasado.

El hombre de hoy centra el esfuerzo físico en el deporte, que sustituye en cierto modo al trabajo manual, como el ciudadano libre lo hizo en la Antigüedad. Ambos sexos se muestran capaces de ejercer las mismas actividades, una vez que una menor fuerza física, la única inferioridad real de la mujer, ya no cuenta. La alta tecnificación de la guerra permite incluso que la mujer combata como un soldado más, actividad de la que había quedado excluida cuando la eficacia de los mandobles dependía de la fuerza de su brazo. Una buena parte de la discriminación social que la mujer ha padecido largos siglos tuvo su origen en que no pudiera imponerse, acudiendo al uso de la fuerza.


Junto con la equiparación de la mujer, la completa transformación del trabajo es el otro cambio mayúsculo que se está operando en las sociedades avanzadas. El trabajo físico doloroso que exigía una obediencia ciega pertenece al pasado; ahora se requieren personas cada vez mejor cualificadas que disfruten con lo que hagan de manera autónoma y responsable.

Importa tener muy presente que en el mundo de la automatización y de las nuevas tecnologías, no sólo se precisa de una población más educada, sino sobre todo educada de otra forma. La vieja educación que exaltaba la disciplina, la obediencia y la disposición a sufrir, ha de dejar paso a una que, sin renunciar al gozo de vivir, ponga en un primer término el espíritu crítico y la iniciativa individual. Ahora que por fin se puede hacer extensiva a todos, tal vez haya que inspirarse en la educación que recibía el ciudadano libre en la Antigüedad, basada en un desarrollo personal que impulse la iniciativa de cada cual.

Predicar el sufrimiento como principio de salvación era congruente con un mundo en el que la inmensa mayoría estaba condenada al esfuerzo doloroso y a la obediencia sin réplica. Un cristianismo que colocó al sufrimiento y la obediencia en el centro de lo humano tuvo sentido en un contexto social en el que la inmensa mayoría estaba condenada a realizar un trabajo desesperante.

Pese a que no quepa eliminar otras muchas fuentes de dolor, desde la muerte de los seres queridos al miedo a la propia muerte, desde la aflicción por el desamor, a la que conlleva el fracaso en nuestros mejores empeños, para la inmensa mayoría la primera fuente diaria de sufrimiento ha desaparecido con el trabajo humillante y doloroso. El recurso a una religión que transforma el sufrimiento en salvación seguirá acogiendo a algunos de los menos dichosos, pero no tendrá ya la universalidad que le proporcionó el trabajo como fuente principal de padecimiento.

Hablemos de mujeres y paz, hablemos de África

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Llegan varios días internacionales que vale la pena recordar. El domingo 24 es el Día de las Mujeres por el Desarme y el lunes 25 el día de África, una oportunidad para conocer iniciativas y proyectos a favor del desarrollo y el desarme.

Redacción (18/05/2009)

Medio millar de mujeres israelíes y palestinas de la organización Machsom Watch van cada día a varios check points de Jerusalén y Cisjordania para denunciar de manera pacífica la violencia que el ejército israelí ejerce contra la población árabe.

A miles de kilómetros, mujeres colombianas de todo el país se concentran cada año en la llamada Ruta Pacífica de las Mujeres. Gritan que no quieren parir más hijos para la guerra y ponen sobre la mesa la difícil situación de las mujeres que viven en el conflicto armado y propuestas para la paz.

Las mujeres de Machsom Watch y de la Ruta Pacífica son dos ejemplos de cómo miles de mujeres en todo el mundo dicen no a la guerra, pero hay muchos más: la lucha de entidades como Rawa y Hawca por los derechos de la mujer en Afganistán, las madres de soldados rusos que protestan por la violencia en Chechenia, las mujeres de todo el mundo que se reúnen en el proyecto Follow the Women para pedir la paz en Oriente Próximo…

El domingo 24 es el Día de las Mujeres por la Paz y el Desarme, una oportunidad para visibilizar la labor de muchas mujeres en todo el mundo. Otra fecha importante que llega en unos días es el Día de África, que se celebra el 25 de mayo. Los efectos del VIH/Sida en muchas familias del continente, la crisis alimentaria que viven varios países, los conflictos que viven en países como Sudán y la R.D. del Congo, y todas las iniciativas positivas que, a nivel local o regional, trabajan por la paz y el desarrollo son algunos de los temas que se podrían destacar.

Nunca habrá una solución militar por Daniel Barenboim

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EL PAÍS

En las paredes de mi vestuario de laStaatsoper de Berlín hay fotografías que me recuerdan lo que veo cuando miropor la ventana de mi casa en Jerusalén. Están un poco descoloridas y en algunaspartes el papel se está deshaciendo, pero es fácil reconocer las vistas: laCiudad Vieja, la Mezquita de la Roca con su refulgente cúpula, los muros, laspuertas. A veces me siento aquí antes de actuar, observo esas fotografías ypienso en Jerusalén, en Israel, en mi patria. Parece que antes de 1989, estahabitación era un refugio de la Stasi, la policía de Alemania del Este; si yofuera un sentimental, no hay duda de que el hecho me ayudaría a dejar de serlo,pero no lo soy. La situación en Oriente Próximo me resulta demasiado cercana,es demasiado personal como para que pueda caer en el sentimentalismo.

Desde 1952 poseo pasaporte israelí. Desde quetengo 15 años viajo por el mundo en mi calidad de músico. He residido enLondres y en París, y durante años he vivido entre Chicago y Berlín. Antes detener pasaporte israelí, lo tenía argentino; y después adquirí el español.Además, en 2007 me convertí en el único israelí del mundo que también puedeenseñar un pasaporte palestino en los puestos fronterizos israelíes. Soy, porasí decirlo, una prueba patente de que sólo una solución pragmática basada enla existencia de dos Estados (o, mejor aún, aunque suene absurdo, unafederación de tres Estados: Israel, Palestina y Jordania) puede llevar la paz ala región. ¿Cómo respondo a quienes me dicen que soy ingenuo, sólo un artista?Les digo que, aunque de niño estrechara la mano de Ben Gurion y de Simon Peres,no soy un político: lo que siempre me ha interesado es la humanidad, no lapolítica. En ese sentido, me siento capaz de analizar la situación y, comoartista, especialmente capacitado para hacerlo.


Tanto mis abuelos paternos como maternos eranjudíos rusos que huyeron a Buenos Aires durante los pogromos de 1904. Pordesgracia, nunca pregunté mucho a mis padres sobre la historia de nuestrafamilia. En primer lugar porque, de niño, estaba muy centrado en mí mismo y, ensegundo lugar, porque entonces era normal que estuviéramos en una situación decambio permanente. Sin embargo, la historia de mis abuelos paternos es muyespecial. Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires (él con 16 años, ella con14), después de una larga y espantosa travesía, les anunciaron que sólo lasfamilias podían desembarcar, porque el cupo de solteros ya estaba cubierto. Losdos estaban solos y mi abuelo agarró a mi abuela y le dijo:"¡Casémonos!". Y así lo hicieron. Una vez en tierra, cada uno se fuepor su lado. Después de dos o tres años se reencontraron por casualidad, seenamoraron y pasaron el resto de su vida juntos.

Esta abuela era una ferviente sionista. Ya en1929 se fue a Palestina durante seis meses con sus tres hijas -entre ellas mimadre, entonces de 17 años- para comprobar si se podía vivir allí. Por suparte, la familia de mi padre estaba totalmente asimilada: para ellos, laTierra Santa no tenía importancia, por lo menos hasta que descubrieron mitalento musical. De repente, para mis padres cobró importancia que yo, en micalidad de futuro artista, debía crecer dentro de una mayoría y no de unaminoría ubicada en algún punto de la diáspora judía. Se podría decir que laconvicción de que la normalidad sería un elemento fundamental para midesarrollo intelectual avivó aún más el sionismo de mi abuela, de manera que lafamilia Barenboim decidió emigrar a Israel.


La primera escala de ese largo viaje fue Salzburgo, donde participé en el concierto de clausura de la clase magistralque impartía en verano el director Ígor Markevitch. Tardamos 52 horas enrealizar todo el periplo, con paradas en Montevideo, Río de Janeiro, São Paulo,Recife, isla del Sol y Madrid. Posteriormente, en Roma, tomamos un tren condirección a Salzburgo. A los nueve años, yo sólo hablaba español y un poco deyiddish, que había aprendido de mi abuela. Eso no era un gran problema, ya queno pretendíamos quedarnos en Austria y, en general, yo estaría en compañía deotros músicos. Aunque en Buenos Aires no había sido consciente de que ser judíopudiera ser un problema, en Salzburgo sí empecé a percibirlo. Un día, unosamigos hebreos me llevaron a una imponente cascada de Badgastein y me dijeronque, durante la época nazi, habían arrojado allí a judíos. Así atisbé porprimera vez cuál había sido la suerte del pueblo judío. Los relatos delHolocausto que relataban mis padres también me habían perturbado profundamente,aunque en esa época no pudiera comprenderlos del todo.

En diciembre de 1952 llegamos a Israel. Erainvierno, el año escolar ya había empezado, y yo tenía que aprender otroalfabeto y otro idioma. No fue nada fácil, pero, como era un chico pococomplicado y extrovertido, no tardé en adaptarme, comenzando así una nuevavida, maravillosa y muy intensa. Todo estaba a punto de cambiar y de avanzar.¡Imagínense que fue precisamente en las calles de Tel Aviv donde aprendí ajugar al fútbol! Posteriormente, entré a formar parte de un movimiento juvenily todavía recuerdo lo mucho que menospreciábamos a los hombres con bigote y alas chicas de labios pintados. Teníamos la sensación de que eran superficiales,que simplemente no tenían sustancia.


Como mi familia no tenía dinero, al principionos mantuvo un tío de Brasil. En la actualidad, su hija es la embajadorabrasileña en Eslovenia (por lo menos un Barenboim llegó a algo...). En cuantoal apellido, en consonancia con el nuevo espíritu de confianza en sí mismos quemostraban los judíos israelíes, a mi familia la instaron a traducirlo alhebreo. Ben Gurion, por ejemplo, al que yo admiraba enormemente como hombre deEstado y como visionario, procedía de la ciudad polaca de Plonsk y se llamabaen realidad David Grün. Fue él quien trató de convencer a mis padres de que yonunca me haría famoso con el apellido Barenboim (la versión yiddish deBirnbaum, peral). Tenía la sensación de que Agassi (pera en hebreo) sería muchomejor. Siempre se podría pensar que yo era italiano. Sin embargo, a ninguno denosotros le hacía ninguna gracia la idea.

Si hemos de atenernos a los hechos, no hepasado periodos muy prolongados en Israel. Estuve allí sólo entre 1952 y 1954,y desde 1956, hasta comienzos de los sesenta. Cuando no acudía al colegio,estaba de gira dando conciertos en Zúrich, Ámsterdam o Bournemouth. Durante elinvierno de 1954 fui a París a estudiar durante año y medio contrapunto ycomposición con la afamada Nadia Boulanger, conocida por su carácter estricto.Ella me enseñó que el músico ideal debe pensar con el corazón y sentir con lacabeza. Mis padres me acompañaban en todos mis viajes, ya que pensaban que yonecesitaba tener una vida familiar lo más normal posible.


Las consecuencias de la guerra habían dejadoprofundas cicatrices en la Europa de los años cincuenta. Al estar a caballoentre dos mundos, el contraste entre el Viejo Continente e Israel me parecíaespecialmente acusado. En esa época, éste era el Estado más social e idealistaque se pudiera imaginar. Fue una suerte que el país y nosotros fuéramos jóvenesal mismo tiempo. Nadie tenía la sensación de estar trabajando para el Estado,porque no existía tal cosa. El Estado evolucionaba literalmente ante nuestrospropios ojos y alimentaba nuestro idealismo, nuestro compromiso diario, nuestrotrabajo. Los judíos de Israel ya no tenían que ocupar únicamente las llamadasprofesiones liberales desempeñadas en la diáspora (las de artista, abogado,médico o banquero), sino que también podían dedicarse a la agricultura, o serpolicías, soldados o, llegado el caso, hasta delincuentes. El Estado y lapatria, la patria y el Estado se fundieron hasta convertirse en una sola cosa.

La izquierda israelí, el Partido Laborista,estuvo en el poder hasta 1977, algo que se olvida con frecuencia. Fueron 29años. ¿Y por qué? Después de la Guerra de Independencia de 1948, lostradicionalistas no tenían nada que hacer, puesto que la contienda ya estabaganada. Los judíos religiosos seguían esperando al Mesías. De manera que lo quequedaba eran los socialistas. Los vientos no cambiaron hasta después de laGuerra de los Seis Días de 1967. La idea de un Israel de base perdió pie. Derepente, había mano de obra más barata procedente de los territorios palestinosy, no mucho después, aparecieron los primeros millonarios israelíes. El sistemasocialista perdió su equilibrio; la concepción del Estado se tambaleó.

Yo me crié en Israel con una cultura y unosvalores europeos; la directora de mi instituto de secundaria era historiadoradel arte, la clase de mujer que uno encontraría en Berlín-Dahlem. A mí esto mevenía al pelo, porque en mi fase de rebeldía adolescente no quería tenerrelación alguna ni con Argentina, ni con la lengua española, ni con nada quetuviera que ver con la diáspora. Para mí, todo eso era historia. Lo que contabaera el presente y el futuro de Israel. A los 19 o 20 años me convocaron pararealizar el servicio militar obligatorio en el Ejército argentino. Logréposponer el alistamiento dos veces, hasta que finalmente aduje que miciudadanía israelí debía eximirme de ese servicio. El resultado fue que, aexcepción de Israel, podía ir a cualquier sitio con mi pasaporte argentino, yque con el israelí podía viajar a cualquier lugar, salvo a Argentina.


En 1966 conocí a la violonchelista Jacquelinedu Pré en Londres. Ambos sentimos inmediatamente una atracción mutua, tantopersonal como musical, y dos o tres meses después decidimos casarnos. Sininfluencia alguna por mi parte, a Jacqueline se le ocurrió convertirse aljudaísmo. La idea de tener algún día hijos influyó en su decisión, así como elhecho de conocer a muchos grandes músicos judíos. Su conversión no siempre fueuna bendición para su carrera; se podía leer y escuchar que había entrado en la"mafia musical judía". Ben Gurion, que no tenía mucho interés en lamúsica, acudió a nuestra boda. Le impresionaba que una chica inglesa no judíapudiera identificarse tanto con su país. El 31 de mayo, cuando la guerraparecía inevitable, volamos a Israel en uno de los últimos aviones depasajeros. Tocamos casi todas las noches. El último concierto tuvo lugar el 5de junio en Beersheba, una localidad situada a mitad de camino entre Tel Aviv yla frontera con Egipto. Al abandonar la sala para dirigirnos en coche a casa,comenzamos a ver los primeros tanques avanzando hacia nosotros.

Después de 1967, Israel volvió mucho más lavista hacia Estados Unidos, no necesariamente para su propio beneficio. Lostradicionalistas decían: "No abandonaremos los territorios reciénocupados". Los judíos religiosos, que no eran "territorios ocupadossino liberados, son territorios bíblicos". Y de esta forma se selló el findel socialismo en Israel. Desde entonces, la política internacional hainstrumentalizado el conflicto de Oriente Próximo. Llevamos décadas leyendotitulares sobre explosiones de violencia. Las guerras y las accionesterroristas se suceden, consolidando la situación en la mente de la gente. Hoyen día, en la época de la guerra de Irak y el conflicto con Irán, apenas seleen noticias sobre el asunto, lo que es todavía peor. Muchos israelíes sueñancon despertarse un día para ver que los palestinos se han ido, y éstos con locontrario. Ni uno ni otro bando pueden diferenciar ya entre el sueño y larealidad, y, psicológicamente, éste es el quid del problema.


Desde la década de 1960 no me siento cómodo enIsrael. Por supuesto, es mi patria; mis padres vivieron allí y ambos estánenterrados en Jerusalén. Siempre que ha habido guerra en Israel, he tocado enel país: en 1956, 1967 y 1973. La música ha sido mi lengua, mi arma. Sinembargo, después del Septiembre Negro de 1970, Golda Meir dijo: "¿Por quése habla de los palestinos? ¡Nosotros somos el pueblo palestino!". En esemomento caí en la cuenta de que esa posición era moralmente inaceptable. Sí,los judíos tenían derecho a un Estado propio y también a este Estado concreto.El Holocausto y la culpabilidad de los europeos después de 1945 incidieron aúnmás en esa reivindicación. Sin embargo, se olvida con demasiada facilidad queexistía un sionismo moderado, que desde el principio personas como Martin Buberdeclararon que el derecho a tener un Estado judío debía hacerse aceptable parala población local, para los no judíos. Por su parte, el sionismo más combativono profundizó en esta mentalidad. Incluso hoy en día sigue basándose en unamentira, es decir, que la tierra ocupada por los judíos estaba vacía.

En la actualidad, muchos israelíes no tienenni idea de lo que sienten los palestinos, de cómo es la vida en una ciudad comoNablus, una prisión con 180.000 reclusos en la que no hay ni restaurantes, nicafés ni cines. ¿Qué ha ocurrido con la famosa inteligencia judía? Ni siquieraestoy hablando de justicia o de amor. ¿Por qué se continúa alimentando el odioen la franja de Gaza? Nunca podrá haber una solución militar, porque dospueblos luchan por una sola tierra. Por fuerte que sea Israel, siempre sufriráinseguridad y miedo. El conflicto se devora a sí mismo y al alma judía, ysiempre se le ha permitido que lo haga. Quisimos hacernos con tierras que nuncapertenecieron a los judíos y construir en ellas asentamientos. En ese hecho,los palestinos ven, y con razón, una provocación imperialista. Su resistencia,su no, es absolutamente comprensible, pero no los medios que utilizan parallevarla a cabo, ni tampoco la violencia o la inhumanidad indiscriminada.


Los israelíes debemos finalmente encontrar elvalor para no reaccionar ante esa violencia, el valor de ser fieles a nuestrahistoria. Los palestinos no podían esperar que después del Holocausto nosocupáramos de alguien que no fuéramos nosotros mismos: teníamos que sobrevivir.Ahora que lo hemos hecho, unos y otros debemos mirar colectivamente haciadelante. Aún no ha nacido el primer ministro israelí capaz de esa empresa.Fundamentalmente, hoy en día no hemos avanzado nada respecto a 1947, cuando lasNaciones Unidas votaron la partición de Palestina. Peor aún: en 1947 todavíaera posible imaginarse un Estado binacional, pero, 60 años después, parece algoinconcebible. Hoy en día, los israelíes, al referirse a una solución basada enla existencia de dos Estados, hablan de separación, de divorcio: ¡qué cinismo!Normalmente, los divorcios afectan a personas que en su día se quisieron...

Esta situación me hace sufrir, y todo lo quehago tiene algo que ver con ese sufrimiento, ya sea dirigir obras de Wagner enIsrael (¡y desde luego no fui el primero en hacerlo!), citar la Constituciónisraelí en la Knesset, fundar la Orquesta West-Eastern Divan junto al escritorEdward Said, organizar una escuela musical infantil en Berlín o, como haocurrido hace poco en Jerusalén, ofrecer un concierto para los dos pueblos.Algunas de estas actividades obtienen una atención exagerada de los medios decomunicación, pero yo las hago porque me enloquece comprobar hasta dóndepodemos llegar cada día los judíos con nuestras injusticias, y lo mucho queponemos en peligro la futura existencia de Israel. Por cínico que parezca, mealegro de haber nacido en 1942 y no en 1972. Tal como están las cosas, porfortuna no viviré para ver el día en que sea posible la desaparición del Estadojudío, del mismo modo que no asistiré al momento en que la música clásica quizáya no tenga ninguna presencia ni en nuestra mentalidad ni en nuestrossentimientos.


Hace años que no vivo en Israel y soy muyconsciente de que mi perspectiva es la de un forastero. A veces, la gente mepregunta "¿qué es un judío?". La respuesta es la siguiente: un judíoque tiene experiencias antisemitas en el Berlín de 2008 es diferente al que lastenía en 1940. El de 1940 se sentía amenazado; el de la actualidad puede pensaren su propia tierra, en Israel. Hoy en día puedo decirle al antisemita que"o bien aprendes a vivir conmigo o podemos seguir cada uno nuestro camino.Y punto", y esto supone una diferencia fundamental. A medio plazo, soypesimista respecto a Oriente Próximo, pero a largo plazo soy optimista. Oencontramos una forma de vivir con el otro o nos matamos. ¿Qué es lo que me daesperanza? Hacer música. Porque, ante una sinfonía de Beethoven, el Don Giovannide Mozart o Tristán e Isolda de Wagner, todos los seres humanos son iguales.

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